Biblioteca.
ENTREGA DE DIPLOMAS PARA LOS PARTICIPANTES.
Este fue el cierre de los eventos 2021 en la biblioteca. (Tiempo de lectura: 1 minuto)
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| El presidente Javier Méndez, el responsable de cultura Pablo Pacheco y los diplomados: Alejandro Buffalari y Federico Topet. |
Se llevó a cabo la entrega de los diplomas en reconocimiento a los escritores quienes nos enviaron sus relatos breves para participar del Concurso Encuentro de Creación Literaria "Mi Club, la pasión y sus personajes", organizado por el departamento de Cultura de la Asociación del Fútbol Argentino.
Excursionistas pudo ser representado y participar del concurso, gracias a los trabajos: "11-6-16, Mística del Bajo Belgrano", "El niño inglés" y "Verdor de sábado".
Los dos primeros cuentos arriba reseñados, fueron escritos por Alejandro Buffalari y Federico Topet, respectivamente, quienes se hicieron presentes el pasado viernes 4/11 para recibir sus correspondientes diplomas (otorgados por AFA Cultura), invitados por el Departamento de Cultura del Club, en nuestra Biblioteca. El restante trabajo fue realizado por Claudio Sylwan a quien le dejamos su diploma en la Biblioteca para que lo pueda retirar cuando crea conveniente.
Uno de estos relatos será elegido por un jurado de AFA Cultura, para que sea el representante de Excursionistas (se elige uno por club), para ser incluido en un libro que se editará el próximo año y que se presentará en la Feria del Libro de Buenos Aires.
A todos nuestros escritores ¡muchas gracias! Con este, se dio por terminada oficialmente la actividad de eventos del 2021. La biblioteca del club seguirá abierta en los horarios habituales, únicamente para lectura, consultas, préstamo y devolución de libros, hasta el receso de verano, que estaremos anunciando oportunamente.
A continuación, compartimos los relatos:
"11-6-16, Mística del Bajo Belgrano", de Alejandro Buffalari
Venía siendo una semana movida en casa desde el sábado. El 3-2 a Argentino de Quilmes bajo de la lluvia nos había revolucionado la cabeza a todos. No tuvimos ni tiempo de asimilar los tres goles de Cachete que teníamos que estar pensando en el partido durísimo que se venía contra Central Córdoba en Rosario. Traté de convencer a mi vieja que me deje ir con mi papá a la cancha, pero no le hizo mucha gracia que me pierda un examen y falte al colegio por ese día.
Salí a las 3 de la tarde y me fui corriendo las 5 cuadras que separaban mi colegio de mi casa. No me quería perder nada. No me acuerdo nada de esa mañana escolar, solo que estuve todo el día pensando en los resultados posibles para depender de nosotros mismos en la última fecha. “Hay que tenerle fe a Liniers” me decía mi viejo y yo mucho no le tenía. Liniers se estaba yendo a la D y ese partido contra Italiano tenía mala pinta para nosotros. Si Italiano no ganaba, y nosotros sí, solo teníamos que ganarle a Sacachispas en casa. Le dimos vuelta un partido histórico y místico a los rosarinos. Hubo un penal atajado en los minutos finales, se nos lesionó nuestro goleador y figura, tuvimos tres expulsados; lo dimos vuelta en una cancha que se nos complicó siempre y ya cuando terminaba, uno no podía parar de pensar “este es el año, se nos va a dar” y Liniers, ya descendido, nos hizo el favor de favores y le robó un empate a italiano. Si ganábamos en la última, volvíamos a la B.
Llegó el tan esperado fin de semana y ya desde el vamos tengo todo recuerdo intacto como si fuese ayer. Me despierta mi vieja y me pongo a desayunar mientras estudiaba la materia de economía (nunca me gustó ni me interesó el tema pero a esa altura, ya me ponía a leer para no pensar tanto en el partido). Estaba en tercer año del secundario, nunca había visto a Excursio campeón. Los nervios eran más que lógicos.
Se acercaba cada vez más la hora hasta que finalmente llegó. Arrancamos desde casa con mi papá, mi hermano y unos amigos. Caminamos al club y la fiesta se dio ya unas cuadras antes. Iba pensando “si perdemos después de todo esto, va a ser para matarse”. Entré a la cancha y ese sentimiento se me fue a los diez segundos. No se nos podía escapar esta vez. Se fue el fantasma de las oportunidades perdidas, de la mala suerte. Ese 11 de junio era verde y blanco y se nos iba a dar.
El primer tiempo me acuerdo que fue durísimo. El equipo jugó tranquilo y sin desesperarse, pero en el segundo se entró con otra actitud y con una intensidad fuertísima. Tuvimos un córner a favor y metió ¿la rodilla? Ramiro Montenegro. ¿Quién hubiera dicho que un central iba a ser el segundo goleador del equipo en el campeonato? Metió el más valioso, el más necesario y por sobre todas las cosas, el más gritado.
Apenas entró la pelota me acuerdo haber buscado y abrazado a mi viejo como nunca. Fue un momento de felicidad que a los pocos minutos se hicieron nervios porque, obviamente, ¿cómo no íbamos a ponernos nerviosos? Quedaba casi media hora de partido todavía. Faltando 3 minutos les anulan un gol a los de Soldati y hasta que el línea levantó la bandera sentí que el mundo se me venía abajo, pero gracias a Dios cobró el offside, porque creo que me moría en la cancha en ese momento.
Los últimos 2 minutos fueron los más largos de mi vida. No daba más. Ni siquiera escuché el pitido del réferi diciendo que se había terminado el partido. Solo oía el grito del pueblo verde y blanco, unidos en un festejo que se había demorado más de la cuenta pero que con trabajo, esfuerzo y un poco de suerte se pudo lograr. Me puse a llorar abrazado a mi papá, uno de esos momentos en que voy a tener 80 años y lo voy a seguir acordando como si hubiese sido ayer, como el mejor momento que viví y que posiblemente sea difícil de igualar, ni hablar de superar.
Me puse a gritar, hablando solo, agradeciéndoles a Dios y a mi viejo por haberme hecho hincha de Excursio. Sentí que cada momento feo que habíamos vivido a lo largo de los años, había valido la pena, porque nos dejó en ese instante, festejando con los grandes arquitectos de la estrella que acabábamos de conseguir, como Cachete Ruiz, el ya mencionado Montenegro y obvio, el técnico que hizo que la hazaña sea posible, Guillermo “el búfalo” Szeszurak.
Nos metimos a la cancha y vimos al gran René festejando, llorando como si fuese un nene de 5 años, todo porque por fin nos íbamos de la C.
Si bien los resultados en la B no nos acompañaron, nadie nos quita lo que vivimos en esa tarde de sábado. Algo que los verdaderos hinchas de Excursio nunca olvidaremos. Siempre vamos a tener presente y a trabajar para que el club y nosotros volvamos a tener un día igual, porque lo que más deseo hoy, es a mi papá, a mi hermano y a mí, festejando otro ascenso, sintiendo lo mismo que sentimos aquel mágico sábado los tres.
"El niño inglés", de Federico Topet
Corría finales de mayo del año 1964. John era un niño inglés que había cumplido 8 años unas semanas antes, hijo de diplomáticos británicos. Disfrutaba parte de sus días charlando con los porteros del edificio de la calle Virrey del Pino, Marcelo y Benjamina, pero sobre todo de jugar en la vereda a la pelota con el hijo de ellos: José Manuel.
José Manuel Díaz ya pasaba los 20 años, era futbolista, jugaba de marcador de punta izquierdo, en la primera de Excursionistas, el club de su barrio y donde estaba desde las inferiores. Se divertía con el pequeño John, le gustaba jugar con él en la vereda y también contarle los partidos que jugaba los sábados en Excursionistas.
El pequeño John escuchaba maravillado a su “ídolo“ José Manuel, que jugaba en un equipo de verdad, con público, hinchadas y todo ese mundo mágico del fútbol.
Le pedía una y otra vez que lo llevase a ver un partido.
Ese día llegó. Era un 30 de mayo y Excursionistas jugaba en el Bajo Belgrano frente a All Boys. Fueron juntos de la mano caminando las cuadras que separaban el edificio de Pampa y Miñones, donde queda desde 1910 la cancha de Excursionistas.
Para el pequeño John, fue toda una tarde soñada, ver a José Manuel jugar, ir por primera vez a una cancha, sentir la explosión de los hinchas al gritar los goles, fue demasiado fuerte y selló un destino inevitable: sería hincha de Excursionistas.
Excursionistas ganó por 2 a 0, siendo en esa sexta fecha su primer triunfo en el campeonato ante el que venía primero y el que sería luego el ganador de la zona.
La alegría en la cancha era desbordante.
A la salida, John esperó en la puerta de los vestuarios a que salgan los jugadores, vio aparecer a Juan Manuel y fue testigo de los saludos y felicitaciones de los hinchas, esperó incluso que firme algunos autógrafos, y después compartió la vuelta a casa, sentado en los hombros de su “héroe”. Ir con el perfume del shampoo caminando esas cuadras, lo hizo sintir en la cima del mundo. Guardando ese aroma incluso hasta el día de hoy.
Muchos años después se convertiría en un periodista y escritor famoso. Su libro Invictus sería llevado al cine y ganaría nada menos que un Oscar; también sus libros sobre Nelson Mandela alcanzarían fama mundial.
Recorrió más de 60 países y vivió en más de 15 ciudades, pero su corazón empezó a latir fuerte por el fútbol en un rincón del Bajo Belgrano y su primer club, fue el mítico Excursionistas.
John Carlín en su profesión y en su vida llegó muy lejos, pero íntimamente sabe que la vez que estuvo más alto, fue ahí, en los hombros de José Manuel Díaz, volviendo de la cancha de Excursionistas.
"Verdor de sábado", de Claudio Sylwan
Aquel día me levanté más temprano que de costumbre, aún lo recuerdo. Sentía esa emoción única que sólo los sábados de sol junto con la expectativa de ir a la cancha, hacían brotar desde lo más interno de mí.
Llegué a la ferretería justo cuando don Miguel estaba levantando la cortina metálica. Era un trabajo cómodo, la paga era buena y aprender todos los secretos del mundo de los tornillos y las cuplas me empezaba a hechizar. Fue una mañana tranquila, por suerte. Cerramos con puntualidad a la una.
Pasé por casa, comí algo a las apuradas y salí caminando por Migueletes. Vestía con orgullo la camiseta más linda del mundo. La arboleda de la calle reverdecía con enorme vehemencia, la primavera explotaba y la vida no podía ser más hermosa. Tomé Echeverría y a la media cuadra toqué el timbre de la pensión donde vivía Lito. Tardó más de lo habitual en bajar a abrirme, me hizo pasar a su cuarto y me convidó con un mate que ya estaba demasiado lavado.
Lito era el tipo más jovial y alegre que conocía, sin embargo, ese día lo notaba callado y molesto por algo que no alcanzaba a comprender aún.
–Va a ser un partido jodido hoy –le dije con la esperanza de cambiar su cara de malestar.
–Hoy no voy a la cancha –me dijo cortante, sin mirarme a la cara y con voz apurada.
–¿Cómo que no venís a la cancha? ¡hoy juega Excursio, Lito! Ya habíamos acordado ¡No me podés hacer esto!
–El Tero, vos lo conocés, me pasó una fija para la sexta que no puede fallar...
–Pero... ¿cómo podés dejar al verde por ir a los burros? –le pregunté casi como si fuese un ruego– ¡Y juega Alves de Souza! –agregué sin perder la ilusión de convencerlo.
–Tengo que parar la olla –me contestó con vergüenza– ¡entendeme! ¿no ves cómo vivo? –agregó de inmediato.
El cuarto era una pocilga, esa era la verdad. Ordenadito y limpio, aunque hablaba a las claras de carencias y privaciones. Lito era un tipo laburador y derecho, pero su puesto de ordenanza en el Hospital Pirovano no permitía ningún lujo.
Lo miré sin pronunciar palabra. Él sabía que estaba rompiendo un ritual de años, además de habernos pasado toda la semana palpitando el partido. Si ganábamos, nos poníamos ahí nomás de la punta, el equipo había mostrado una gran mejoría en las últimas fechas y nos imaginábamos lo mejor.
Lito se puso un saco gris, gastado y arrugado. La camiseta que solía llevar cuando íbamos a la cancha descansaba acusadora y muda extendida sobre la cama. Destellaba verde y blanco a más no poder.
Salimos a la calle sin dirigirnos la palabra.
Sobre Miñones nos cruzamos con dos pibes que estaban jugando a la bolita en la vereda. Al vernos pasar, uno de ellos, levantó la vista y con un candor mágico nos preguntó “¿van a la cancha, señor?”
–Yo sí –les contesté mientras miraba de reojo a Lito.
–¡Ojalá nosotros pudiéramos! –suspiró el más alto–, pero justo hoy viene de visita la abuela –agregó con gesto de amargura.
–¡Pero hoy ganamos! –gritó el más bajito mientras agitaba su brazo con el puño cerrado.
Doblamos por Sucre en silencio. A lo lejos se escuchaba el bullicio de la hinchada, augurando una tarde de alegría y fútbol.
Al llegar a Libertador, Lito, que no podía ocultar su fastidio por la situación, me dijo:
–Vamos juntos hasta Pampa, yo después sigo derecho hasta el hipódromo.
No contesté y seguimos caminando callados.
A media cuadra y sin que nadie lo hubiese podido imaginar, dos grandes papagayos verdes nos miraban fijamente desde la rama más baja de un jacarandá.
La aparición repentina de esos enormes pájaros nos desconcertó. Su presencia resultaba totalmente inverosímil en aquel paisaje urbano y citadino de la avenida Libertador, de tráfico incesante y el ir y venir constante de la gente.
Nos quedamos estáticos debajo de las aves, que no paraban de abrir y cerrar sus picos, emitiendo un parloteo incomprensible para nosotros. Sin dejar de mirar a los papagayos, nos sentamos en el cordón de la vereda. En ese momento, para nosotros no existió más sonido ni movimiento, todo era un enorme silencio, sólo interrumpido por el cotorreo continuo.
–¿Sabés qué? –me preguntó Lito, mientras miraba hacia arriba– ¿te acordás aquel día que le ganamos a San Telmo en el último minuto?
–Sí –le dije–, imposible de olvidar.
–Bueno, aquel día, antes de salir para la cancha, dos papagayos verdes, igualitos a estos, o quizás los mismos, se me aparecieron en el árbol frente a la pensión.
Lito se paró de repente, y cuando yo hice lo mismo, me pasó el brazo por el hombro y nos echamos a andar.
–Me decías que juega Alves de Souza ¿no?
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